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09/08/2025

Hay un nazi sepultado en la Línea Sur

Durante décadas nada se supo del alemán cuya tumba llama la atención en Clemente Onelli. Recién en 2013 se develó parte de la historia.
La solitaria tumba de Clemente Onelli. Foto: Jorge Piccini.
La solitaria tumba de Clemente Onelli. Foto: Jorge Piccini.

No habían pasado ocho años de la rendición alemana en la Segunda Guerra Mundial cuando una familia de ese origen volvía de Bariloche a Buenos Aires a bordo del tren que dinamizaba la Línea Sur. Era verano y la monótona travesía por la estepa patagónica se alteró de manera trágica: el padre falleció repentinamente. Ante la inflexibilidad del guarda, se descargó el cadáver en la pequeña localidad de Clemente Onelli. Recién seis décadas más tarde se sabría que el muerto era un ingeniero nazi.

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El tramo final de su historia comenzó “el 15 de febrero de 1953, cerca de las 23:15 en el interior de un tren que volvía de Bariloche a Plaza Constitución”. Hay que imaginarse la conmoción entre el pasaje y personal, al advertirse que “un pasajero muere de un infarto en el pasillo de uno de los coches dormitorio”. Precisamente, “el hombre volvía de unas vacaciones familiares en la cordillera, acompañado de su esposa y sus pequeños hijos, un varón de diez años y una niña de cinco”.

Se reproduce el llamativo acontecimiento en “La 23. De la cordillera al mar”, el libro que semanas atrás sacó de imprenta el editor y fotógrafo Jorge Piccini. El relato que reconstruye el luctuoso suceso lleva la firma de nuestro colega Carlos Espinosa, con quien se contactó El Cordillerano para conocer otros ribetes. Aquella noche veraniega “poco después de la súbita muerte que sorprendió el pasajero en ropa interior unos minutos antes de meterse en la cucheta, el convoy arribó a la estación de Onelli”.  El ferroviario no quiso complicaciones y determinó: “hay que bajar el cuerpo, el tren no se puede detener más de tres minutos”.

Según la reconstrucción de Espinosa, tuvieron que afrontar el imprevisto trámite el jefe de la estación y “el encargado de la estafeta del pueblo, Selem Chaina”. También estuvo presente “el responsable de guardia del destacamento policial, el agente José María Cumilaf. Este joven policía del Territorio se hizo cargo del cuerpo y con la colaboración de otro agente y de algunos vecinos lo trasladó a la modesta dependencia”. Recordemos que, por entonces, Río Negro todavía no era provincia, sino Territorio Nacional.

Lothar Herold, el que mucho después dio pistas.

Era verano y “el cadáver, apenas vestido con un short corto, no presentaba ningún signo de violencia y decidieron enterrarlo cuanto antes, dado que temían una rápida putrefacción”. Con inusitada velocidad, “un vecino construyó el cajón y a la mañana siguiente, sin ceremonia alguna, lo sepultaron en el modesto cementerio. Como no sabían su nombre le colocaron una rústica cruz con la inscripción NN y dieron por terminada la tarea”.

Oriundo de Núremberg
El anonimato no duró mucho. “Un par de días después doña Eduarda Hernández de Chaina, responsable del Registro Civil del pueblo, recibió los datos de filiación del occiso: Wilhelm Engelhardt, alemán, nacido el 5 de abril de 1909 en Nüremberg, con domicilio en la calle Dorrego 1910, de la localidad de Olivos, provincia de Buenos Aires”. No hubo mayores interrogantes y “con esos datos se extendió el acta de defunción, acompañada con la certificación del médico Jorge Marcelo David que viajaba en el mismo tren y había constatado el fallecimiento”.

Para el profesional se trató de “un infarto de miocardio”. La solitaria localidad de Línea Sur recuperó su habitual parsimonia hasta que un año después, aproximadamente, “don Federico Dominick, un inmigrante alemán radicado en el pueblo desde varias décadas antes, recibió una suma de dinero para hacer construir la tumba y colocar la lápida sobre el mísero sepulcro. Desde algún paraje de la zona llegaron piedras de coloración rojiza y tal vez de Buenos Aires una placa de chapa, prolijamente grabada, que desde entonces identifican el sitio del descanso final y al accidentado viajero”.

Nuestro colega tuvo la chance de asomarse al enigma en 2013, cuando “una mujer rubia, muy comunicativa y animada por una enorme dosis de curiosidad” llegó hasta Clemente Onelli “en un auto contratado con chofer”. En esa ocasión “habló con varios de sus habitantes, incluyendo descendientes de la familia Chaina, para reconstruir la mayor cantidad de datos de los sucesos de aquellos días de febrero de 1953 y, naturalmente, le dedicó gran parte de su visita al silencio y los sollozos al pie de la tumba misteriosa”.

Espinosa trabajaban en la Agencia Télam y entrevistó a la viajera a su paso por la capital de Río Negro. De la charla surgieron las líneas que ahora pueden leerse en el libro de Piccini. “Esa mujer se llama Kristin Engelhardt y voló casi 13.000 kilómetros desde Viena a Bariloche, pasó por Esquel y finalmente recorrió la Ruta 23 desde la cordillera hacia Viedma, tras los rastros del viaje final de su viaje. Su objetivo es armas las piezas de un doloroso rompecabezas”.

En 2013, la mujer contaba con 65 y confió: “Recién a los 40 años empecé a preguntarme por la muerte de mi padre, que era un recuerdo borroso, sepultado por el silencio de mi madre”, le contó al periodista y escritor que reside en Patagones. “Ella (la madre de Kristin) intentó justificarse como que la Marina se iba a ocupar de traer el cuerpo para enterrarlo en Buenos Aires, pero la verdad es que quedó allá en ese lugar tan alejado y nunca se habló del tema hasta unos pocos años antes de su muerte en el 2008”. Se refería a la Armada de la República Argentina y líneas más abajo se verá porqué.

Radiotelegrafista
Por entonces, “había logrado enterarme de algunos detalles de la vida de mi padre en la Argentina a través de Lother Herold, otro alemán, muy conocido por su actividad como andinista”, confió la viajera. En efecto, el montañista había llegado a la Argentina en 1938, un año antes de que estallara la conflagración en Europa. Se consagró a la enseñanza del idioma en escuelas y más tarde, supo ascender el Aconcagua y el volcán Lanín.

Demoró en identificarse al fallecido. Foto: Jorge Piccini.

Según el testimonio de su hija, fue gracias a Herold que supo que su padre “era ingeniero en radiotelegrafía y tuvo grado militar y afiliación al partido nazi, pero no era un criminal de guerra; llegó a la Argentina en 1949, trabajó en la Marina, en la fábrica Siemens (de capitales alemanes) y daba clases en la Universidad de La Plata”, afirma la reconstrucción de Espinosa. En Viedma “la mujer tuvo un emotivo encuentro con el sargento de Policía retirado Cumilaf, quien con sus lúcidos 83 años revivió con precisión aquella noche de hace seis décadas y el entierro posterior”, escribió el corresponsal 12 años atrás.

Tenía Kristin intenciones de escribir un libro, aunque no sabemos si logró su cometido. Más allá de la versión de su nota que aparece en el libro, Carlos le confió al que firma que, por otros testimonios, supo que el matrimonio alemán se embarcó en una virulenta discusión momentos antes del deceso, aparentemente por la afición de Wilhelm al cigarrillo. Otras voces arriesgaron un envenenamiento, al tratarse de un nazi con responsabilidades militares durante la Segunda Guerra Mundial, versión que no se confirmó. Vaya a saberse qué otras historias hay detrás de la enigmática tumba que todavía aflora en la localidad de Línea Sur.