Antisemitismo, migraciones y las complicaciones de la vida en un libro ideal para estos tiempos
Por Christian Masello
Muchos historiadores designan la invasión nazi a Polonia, en 1939, como el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes tomaron la mitad occidental de aquel país; la restante fue ocupada por los soviéticos. En definitiva, el pueblo polaco la pasó muy mal. Pero la situación ya era complicada desde mucho antes.
Recién iniciada la década del veinte del siglo XX, poco después de la finalización de la Primera Guerra Mundial, la semilla de la maldad extrema ya estaba plantada. El huevo de la serpiente se divisaba.
Así, en un pueblo polaco llamado Sokolow, una viuda y sus siete hijos, ante la persecución antisemita, se lanzaron al otro lado del mundo. Alrededor de cien años después, Fernando Miodosky le puso palabras a esa historia, la de su familia, en el libro Mandato clandestino.
Fernando es sociólogo, publicitario, consultor y articulista, pero se autodefine principalmente como hijo, hermano, padre y esposo. Esa marca de pertenencia con lo familiar, de algún modo, explica la decisión de rastrear lo que había sucedido con sus antepasados no tan lejanos. Así, desde la intimidad (más una pátina de ficción), el escritor delinea, de algún modo, el porqué de su ser. Es decir, llega a su núcleo a partir de sumergirse en quienes le precedieron.

El autor, a la hora de bucear en el germen del libro (una novela), cuenta: “Desde muy chico, sin estar del todo consciente, fui compilando múltiples relatos de familia que, con los años, fueron sedimentando en mis pensamientos”. De tal manera, advierte: “Tenía la necesidad de entender cómo habían sido aquellos tiempos en Sokolow, un pequeño pueblo del interior de Polonia, allá por 1920, cuando mi familia (Miodosky- Ukrainczyk) tuvo que convivir con la miseria y la crueldad de la persecución antisemita que se expandía con saña e iba a terminar con la muerte de millones de judíos”.
Esa curiosidad infantil (atada a una especie de exigencia que latía en él con relación a “conocer”) lo hacía trasladarse mentalmente a aquella época. ¿La razón? “Poder imaginar cómo vivían, qué hablaban, en qué pensaban. Quería caminar el pueblo con ellos sintiendo la mirada incisiva de sus vecinos en la espalda; participar de sus cenas discutiendo la forma de huir; acompañarlos a comprar al mercado tratando de hacer rendir lo poco que juntaban; sentir de cerca, con ellos, la angustia de ser discriminados y hostigados”, revela, para luego añadir: “También, imaginar cómo fueron sus estrategias de arraigo en un país nuevo y extraño, anclados al deseo de, por fin, hacer pie”.

Fernando tomó la llegada del covid como “un impasse de reflexión”, que se transformó en la intención de que aquellos juegos mentales derivaran en un modo de narrar la historia. “Empezó a surgir la vocación de escribir e intentar trasladarla a una novela”, apunta.
“Sin duda, mi padre fue la gran inspiración y siempre sentí a esta novela como un homenaje. Fue, también, una forma de seguir compartiendo con él, identificarme con sus ideales, con sus valores, con sus miedos, con su sentido de la existencia. De alguna manera, me siento la expresión viva de una historia que sigue latiendo intensamente y está presente a cada momento en mi forma de vivir la vida”, expone.
A la hora de repasar si hubo otros libros o narradores que, a la hora de escribir, hayan servido de referencia, expresa que, al menos de manera consciente, no existieron obras que marcaran el trazado del texto, pero comenta: “Claro que hay autores que seguramente me influyeron, pero no me apoyé específicamente en ninguno. La fuerza de los relatos familiares fue lo que definió el tono y el camino de la novela”.

El escritor, hasta el momento, presentó el libro en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y en la Feria Internacional del Libro de Neuquén. Para Fernando, los encuentros con la gente resultaron “impactantes”. En tal sentido, aprecia que esos momentos, donde se comparten comentarios con las personas que acuden a conocer el detrás de escena de la obra, tienen derivaciones impensadas. “Cada uno comparte algo de esta historia que habla de travesías, migraciones, hostilidad, miseria y también, de resistencia y esperanza”, explica.
Así, al evocar lo que sucedió con su propia familia, resalta: “Sorprende la épica de aquellos tiempos y el propósito de supervivencia que los sostenía”. De tal forma, considera: “Es muy relevante la pregnancia de los mandatos, hoy tan resistidos, que lograron brindarles las herramientas para enfrentar las dificultades”. En ese sentido, opina que el libro “permite sostener la memoria viva y activa, dado que despierta en muchos la vocación de revisar su propia historia”.

Algo a destacar es la decisión de Fernando Miodosky de donar los beneficios económicos que obtenga Mandato clandestino a propuestas sociales y culturales de la AMIA. Cuando se le consulta sobre lo que motivó esa determinación, expresa: “Para los que pertenecemos a la comunidad judía, se trata de una institución emblema que se hizo aún más relevante después del atentado”. Y afirma que “es una alegría contribuir con las ganancias de la venta de los libros”. En ese punto, resalta que los ingresos serán donados “a proyectos que incentiven la construcción de la identidad judía y la preservación de la memoria”.