Sociedad
Dos años de la Granja Virgen de la Esperanza en Roca: 52 hombres, la fe y el intento de reconstruir una vida marcada por el consumo
Son las seis de la tarde y el día empieza a aflojar en la chacra. Bajo los árboles, en un claro armado con bancos de madera, un grupo de hombres se reúne frente a una cruz. No hay música ni indicaciones. Algunos miran al suelo, otros al frente. Cada uno llega como puede a ese momento, después de una jornada larga.
A esa hora rezan, agradecen, piden. Piden por ellos, por sus familias, por la fuerza para seguir. De esta manera cierran el día, uno más dentro de su tratamiento y de sus vidas.
Todo eso sucede en el predio de la Granja Virgen de la Esperanza, en Puente Cero, al noreste roquense y en jurisdicción de Cervantes, a unos 15 minutos del centro de Roca. Durante años el lugar fue conocido como “Las Angustias”. Hoy funciona allí uno de los espacios de la red Hogares de Cristo de la iglesia católica, que desde hace 18 años trabaja en distintos puntos del país con un mismo criterio: “recibir la vida como viene”.

Foto: Tania Domenicucci
Los Hogares de Cristo nacieron en barrios populares de Buenos Aires, de la mano de curas villeros, con el impulso del entonces arzobispo Jorge Bergoglio, luego papa Francisco. Con el tiempo, ese modelo se extendió a distintas provincias, con espacios que combinan vida comunitaria, trabajo y acompañamiento para personas atravesadas por consumos problemáticos y situaciones de extrema vulnerabilidad.
Antes del momento dedicado a la oración, el movimiento en la granja es otro y muy intenso. Un hombre pinta una pared de la capilla del año 1943 para dejarla lista para el sábado, cuando el lugar celebrará sus dos años. También hay jóvenes limpiando, otro que trabaja en soldadura y grupos que van y vienen entre herramientas, leña, cocina y materiales de obra. En un sector del predio avanza la construcción de un nuevo comedor. Más allá, entre los árboles, se levantan las estaciones de un Vía Crucis armado por quienes viven en el lugar.
Nada de eso es decorativo. Trabajar, sostener una rutina y acompañar a otro también forma parte del tratamiento.
Actualmente viven allí 52 hombres. Algunos son del Alto Valle, otros llegaron desde Buenos Aires, Mendoza y distintas provincias. Las historias son distintas, pero hay puntos en común: consumos que empezaron a temprana edad, vínculos que se rompieron y trayectorias que se desordenaron con el tiempo.
La granja no es la primera puerta del tratamiento que de forma voluntaria deciden iniciar. El proceso empieza antes. En la región, el trabajo se articula con distintos espacios de Hogares de Cristo: el centro barrial Carlo Acutis en Roca, Buen Samaritano en Allen, el trabajo del padre Ángel en Villa Regina y el espacio Cura Brochero en Cipolletti. Desde esos lugares se escucha, se contiene y se acompaña la primera decisión. En muchos casos, antes de llegar a la granja hay un paso previo por un parador —hoy en Villa Regina— donde se busca algo básico: que la persona esté en condiciones de empezar un proceso.

Foto: Tania Domenicucci
“Los Hogares de Cristo son la Iglesia. Somos Iglesia y somos familia”, explica Laura Casati, directora de la granja y referente de Apyca, el área de pastoral de adicciones de Cáritas diocesana. Para quienes trabajan en el espacio, el Hogar de Cristo es una forma concreta de vivir la Iglesia en salida: salir al encuentro, escuchar, acompañar, no poner condiciones de entrada.
“Recibimos la vida como viene”, resume Laura.
El tratamiento se organiza en etapas, llamadas umbrales. Cuando una persona llega a la granja ingresa al segundo umbral. El tercero, dice Laura, es “la columna vertebral del tratamiento, es la parte más fuerte”. Después siguen el cuarto y el quinto, con otras responsabilidades, más autonomía y salidas progresivas. Todo ese recorrido se articula con los doce pasos de Narcóticos Anónimos.

Foto: Tania Domenicucci
La rutina empieza temprano. A las 7.15 de la mañana, todos los integrantes de la granja están en la capilla. Se abre el día con la oración, el Evangelio y el “Solo por hoy”. Después cada uno vuelve a su casa, desayuna y participa de una ronda: cuentan cómo están, cómo durmieron, qué pueden proponerse para ese día. Recién entonces arranca el resto.
La jornada se reparte entre tareas de servicio dentro de los distintos espacios —limpieza, cocina, encargarse de la leña para las salamandras en invierno— y tareas de laborterapia. En la práctica, eso significa hacer.
Algunos avanzan con la construcción del nuevo comedor. Otros pintan la capilla, trabajan en la huerta o en la cocina. También hay quienes se forman en oficios como herrería o soldadura. En la granja nadie queda al margen.
El trabajo ordena, marca tiempos, exige presencia. Para muchos, es la primera rutina sostenida en mucho tiempo.
Hay una lógica que atraviesa todo el lugar: la recuperación no es individual. Los que llevan más tiempo acompañan a los que recién llegan. Los que avanzan empiezan a sostener a otros. Hay padrinos, referentes y coordinadores que conocen el problema desde adentro.
“Los coordinadores son personas adictas recuperadas, o en recuperación, porque la recuperación es toda la vida”, plantea Laura. En la granja trabajan, entre otros, Matías Leiva como coordinador general, junto a Brian y José Fernández.

Foto: Tania Domenicucci
La dimensión espiritual está presente, aunque no es una condición para ingresar. Forma parte del recorrido y atraviesa el modo en que se entiende el acompañamiento. Hay momentos de oración, celebraciones y espacios compartidos. Para algunos es central desde el inicio. Para otros, algo que aparece con el tiempo.
También acompañan de manera permanente distintos sacerdotes de la diócesis, entre ellos Erasmo, Alexis y Eurípides. El administrador apostólico Eduardo Miñarro suele acercarse cada vez que lo convocan y este sábado presidirá la misa por los dos años de la granja.
“Jesús en su casa no dejaba a nadie afuera”, dice Laura mientras camina por el sector del Vía Crucis.
Las historias que llegan no son livianas. Hay consumos de muchos años, vínculos rotos, infancias atravesadas por violencia, pasos por la cárcel y problemas de salud mental.
“No es que un día se levantaron y se volvieron adictos porque no les pasaba nada en la vida”, señala.
También llegan personas derivadas por la Justicia y, en esos contextos, el trabajo no es solo cortar el consumo: es ordenar una vida completamente desarmada.
Al ingresar, cada persona atraviesa 40 días sin contacto con el exterior. Sin teléfono, sin visitas. Es el tiempo necesario para empezar a meterse en el proceso. Después se habilitan vínculos y, más adelante, los domingos llegan las visitas.
Padres, madres, hijos. En algunos casos, con acompañamiento de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia (Senaf), se generan encuentros que no existían hacía años.
Salir de la granja no resuelve todo. Conseguir trabajo después del consumo, de la cárcel o de años de exclusión es uno de los puntos más difíciles. Por eso el espacio, junto a Cáritas, intenta acompañar proyectos laborales y cooperativos.
“No queremos una economía paralela que implique una economía de pobreza”, dice Laura. El objetivo es otro: trabajo digno, con continuidad real.

Foto: Tania Domenicucci
Nada de esto funciona solo. La granja se sostiene con el acompañamiento de Cáritas diocesana, el trabajo de voluntarios y el aporte de la comunidad. Empresas, particulares y vecinos colaboran con materiales, dinero o tiempo. Sin esa red, el funcionamiento cotidiano sería imposible.
Quienes quieran sumarse como voluntarios pueden comunicarse con el Obispado, en Rohde 433, o al teléfono 2984-430860.
Este sábado 21 de marzo, la Granja Virgen de la Esperanza celebrará sus dos años con una jornada abierta a la comunidad. Las actividades comenzarán a las 9.30. No es necesario permanecer todo el día: quienes quieran pueden acercarse en distintos momentos. Habrá almuerzo a la canasta y, después de la misa de las 17, una merienda compartida.
Se puede llegar tomando el camino hacia Cervantes y luego ingresando por la zona conocida como Puente Cero. El predio se encuentra en un sector rural de chacras. Para quienes utilicen GPS, las coordenadas son: 39.030465, -67.497928
Desde la organización recomiendan que, en caso de tener dificultades para ubicar el lugar, se comuniquen previamente con referentes de Caritas.